viernes, 4 de noviembre de 2016

7 de noviembre: La “Defensa de Madrid”

Antonio Ortiz Mateos, historiador
Daniel Morcillo Álvarez, Arquitecto

La derrota de la revolución de octubre, especialmente sangrienta en los casos de Asturias y Cataluña, dejaron una profunda huella en las políticas de izquierda, extendiéndose la idea de que la recuperación del poder era inviable si no se llegaba a un acuerdo electoral entre el republicanismo de izquierda y el socialismo, cuya ausencia había sido la causa decisiva de la derrota electoral de 1933. En la primavera de 1935, los requerimientos de los republicanos para la creación de una coalición electoral, encontraron una respuesta favorable en el sector del socialismo que lideraba Prieto. Finalmente, como señala el historiador Julio Aróstegui, ante la creciente influencia de la CEDA, con las cárceles llenas de detenidos por la represión y miles de cargos municipales y empleados públicos expulsados de sus funciones, las reticencias de la izquierda socialista acabaron cediendo. “Largo entendió que para ganar unas elecciones no había otro camino y que la victoria era imprescindible para sacar a los presos políticos de las cárceles”. En este panorama, irrumpiría el Partido Comunista con su estrategia de Frente Popular antifascista, ya ensayada en Francia como producto de la nueva posición de la Internacional en su VII Congreso.[1] 
 
A finales de diciembre de 1935, ante la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones, las fuerzas que habrían de cerrar el pacto se decidieron definitivamente por él. Los dos grandes partidos republicanos, Izquierda Republicana y Unión Republicana estarían representados por sus líderes, Azaña y Martínez Barrio. El PSOE y la UGT serían el otro polo, representando sus negociadores al PCE, el POUM, el Partido Sindicalista y a las Juventudes Socialistas. Los anarquistas quedaron excluidos pero no mostrarían una oposición frontal a la coalición. 
 
El pacto electoral de las izquierdas quedó reflejado en el Manifiesto publicado el 15 de enero de 1936. Se estructuraba en ocho grandes bloques, siendo sus puntos fundamentales la continuación de la reforma agraria, la amnistía para todos los delitos políticos y sociales, la insistencia en las reformas ya ensayadas cuatros años antes en la enseñanza, la reforma fiscal, y las nuevas leyes de arrendamientos. Como señala el historiador Julio Aróstegui:  En el camino quedaron nacionalizaciones –de la tierra y de la banca-, desmilitarización de las fuerzas del orden público, control obrero en la industria, etc., y cualquier tipo de socialización”.[2] 
 
 
El 16 de febrero de 1936, el Frente Popular obtenía en las elecciones el 34% de los votos, la derecha el 33% y el centro un 5%. Pese a la escasa diferencia en votos, la asignación de escaños en función de la ley electoral resultó claramente favorable a las fuerzas de izquierda, obteniendo 278 diputados, 124 la derecha y 51 el centro.
 
Nada más conocerse los resultados comenzarían las maniobras conspirativas para derribar el gobierno de la República, apareciendo siempre los nombres de algunos destacados personajes: Gil Robles, Calvo Sotelo, Primo de Rivera, junto a los de militares como Franco, Goded, Fanjul... Pronto, las dudas que podían tener determinados altos mandos militares, la CEDA, los monárquicos o los fascistas, fueron superadas para apelar resueltamente a la vía insurreccional, hecho que se produce el 17 de julio de 1936 en el protectorado español de Marruecos.
 
El gobierno de la República conoce la noticia de la sublevación en la misma tarde el 17 de julio, cuando a las cinco de la tarde fue informado de ello mientras presidía el Consejo de Ministros. Casares intenta calmar los ánimos haciendo saber que el movimiento se circunscribía al protectorado y que nadie de la península se había sumado a él. Al día siguiente presentó su dimisión. Entonces Azaña pidió a Martínez Barrios que formase un gabinete de coalición capaz de negociar con los sublevados: tras hablar con Mola llegó a la conclusión de que ya no era tiempo de pactos. El día 19, Martínez Barrios, contrario a la entrega de armas al pueblo, tal y como reclamaban las organizaciones obreras, abandona los intentos de formar gobierno. Tras negarse Ruiz Funes, de Izquierda Republicana, Azaña encargó a su amigo y correligionario José Giral la formación de un nuevo Gobierno. Con una diferencia notable: decide entregar armas a los sindicatos y a los partidos democráticos y obreros.
 
Cuartel de la Montaña
 
Cuando apenas esa orden está siendo cumplimentada, el general Fanjul, que dirige la sublevación en Madrid, se instala en el cuartel de la Montaña, que ya está en rebeldía, como los cuarteles de Carabanchel, Getafe y el Pardo. La Guardia de Asalto y la Guardia Civil continúan fieles al Gobierno.[3]
 
Paralelamente, desde el Ministerio de la Guerra, algunos miembro de la U.M.R.A. (Unión Militar Republicana Antifascista), con el teniente coronel Hernández Saravia a la cabeza, organizan cinco batallones de voluntarios al mando de los tenientes coroneles Mangada, Marina y Lacalle y los comandantes Sánchez Aparicio y Fernández Navarro. El 5º Batallón tenía como zona de reclutamiento la barriada de Cuatro Caminos, tomando como base las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas), dirigidas por Juan Modesto. Tras participar en la toma del Cuartel de la Montaña, el día 21, al volver a Cuatro Caminos ocupan el convento de los Salesianos de la calle de Francos Rodríguez, el cual se encontraba abandonado, estableciendo allí el cuartel del Batallón. Pronto se convertiría en uno de los principales centros de alistamiento e instrucción: el 5º Regimiento de Milicias Populares. La instrucción de los milicianos se llevaba a cabo en el patio del convento, a cargo del capitán Beltrán y el militar portugués Oliveira, exiliado en España, trasladándose poco tiempo después a la Dehesa de la Villa ante la necesidad de un espacio mayor.[4]
 
Dolores Ibárruri en cuartel del 5º Regimiento en Salesianos Estrecho
 
Tras aplastar a los rebeldes en Madrid, se organizaron varias columnas de milicianos que se dirigieron a la Sierra para combatir a las tropas de Mola que por el Norte trataban de cruzar la sierra de Guadarrama.
 
A finales de agosto del 36, el ejército nacionalista del norte, dirigido por Mola,  renunciaba, ante la resistencia encontrada, a proseguir su ataque, quedando la línea de defensa casi definitivamente estabilizada en la divisoria del Guadarrama, con pequeñas variantes hacia el norte o el sur, que apenas se movieron durante el resto de la guerra. Mola perdió con ello su gran aspiración de entrar en Madrid –su primer anuncio fue que lo haría el 25 de julio- lo cual dejó en un lugar destacado al general Franco.
 
El 1 de agosto, con el grueso de las tropas de África en tierra andaluza, Franco ordenó desde Marruecos la puesta en marcha hacia Madrid del ejército expedicionario, partiendo desde Sevilla las columnas de Tella, Asensio y Castejón, cuyo mando superior asumiría finalmente Yagüe. El 11 de agosto entraron en Mérida y dos días más tarde pusieron cerco a Badajoz, encontrando una tenaz resistencia de los milicianos. La represión fue terrible. A este respecto, Tuñón de Lara recoge la respuesta dada por Yagüe a la pregunta de un periodista, Whitaker: “¿Qué creía usted? ¿Que iba a llevar 4000 prisioneros rojos en mi columna, teniendo que avanzar contra el reloj? ¿O que iba a dejarlos en la retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?”.[5]
 
Rota la resistencia de Badajoz, la ofensiva de Yagüe apuntaba hacia Madrid, ocupando antes el valle del Tajo: el 3 de septiembre caía Talavera de la Reina, sin que las milicias formadas en Madrid pudieran hacer nada por impedirlo. Tal hecho provocaría la caída del gobierno Giral y la formación de un nuevo gabinete presidido por Largo Caballero, con representación de todos los partidos integrantes del Frente Popular: seis socialistas, dos comunistas –Vicente Uribe, en Agricultura, y Jesús Hernández, en Instrucción Pública-, dos de Izquierda Republicana, uno de Unión Republicana, uno de Esquerra y un nacionalista vasco. Con los anarcosindicalistas empezó una laboriosa negociación, que terminaría con la entra de cuatro de ellos a comienzos de noviembre.
 
El nuevo Gobierno tenía como principales objetivos, según señala Tuñón de Lara, reconstruir las formas jurídico-legales del Estado, controlar todos los aparatos existentes y dispersos, suprimiendo el cantonalismo de los primeros momentos y, sobre todo, militarizar las milicias y transformarlas en ejército con un mando único, y controlar los órganos de Seguridad. En ocho meses alcanzó esos objetivos –menos el último-, “pero tuvo que hacer frente a otros muchos problemas: el primero y principal era salvar a Madrid del peligro inminente que corría de caer en poder de las tropas de Franco”.[6]
 
Dado el carácter que había tomado la guerra, cada día se hacía más urgente ir a la organización de un ejército de tipo regular, formado sobre la base de las milicias. En ese orden ocurrieron dos hechos de singular importancia: el primero fue la militarización “oficial” de las milicias voluntarias y la formación de las seis primeras brigadas regulares, con las que nacía, en el frente de Madrid, el ejército popular de la República.[7] El segundo, la creación del Comisariado de Guerra.[8]
 
Antes de comenzar el asalto a Madrid, Franco se planteó liberar a los sitiados del Alcázar, para lo que hizo avanzar las tropas coloniales, a las órdenes de Yagüe, sobre Toledo. El 19 de octubre Franco dictaba la orden de operaciones que dio comienzo a la batalla de Madrid. A partir de ese momento la guerra de movimiento se convertirá en guerra de posiciones.
 
Sierra de Guadarrama

 
Coincidiendo con el avance de las tropas franquistas sobre Madrid, a partir del 27 de agosto comenzaron los bombardeos sobre la capital, a excepción del barrio de Salamanca. Del 23 al 30 de octubre aumentó el ritmo de los bombardeos por parte de los Junker 52 de los rebeldes. La llegada de los aviones soviéticos Polikarpov I-15 e I-16, conocidos popularmente como “Chatos y “Moscas”, contrarrestó el dominio aéreo de los rebeldes, inclinando la balanza, la menos momentáneamente, hacia el lado republicano. En cuanto sonaban las alarmas advirtiendo de la llegada de los temibles Junkers, a los que los madrileños bautizaron con el nombre de pavas, la gente salía corriendo de sus casas o abandonaba las calles refugiándose en la boca del Metro más cercana, convertido en improvisado refugio. Dada la situación, el 30 de octubre se inicia la evacuación de niños, mujeres y ancianos madrileños hacia Levante.
 
El 4 de noviembre, dado el peligro que se cernía sobre Madrid, Largo Caballero daba entrada en el Gobierno a cuatro representantes de la CNT: Juan García Oliver, ministro de Justicia; Juan Peiró, de industria; Juan López Sánchez, de Comercio y Federica Montseny, ministra de Sanidad y Asistencia Social, una cartera creada en aquella ocasión. Bautizado por la propaganda oficial como el “gobierno de la victoria”, el ejecutivo acogía a todas las fuerzas políticas y sindicales del bando republicano, alcanzando “una representatividad que se consideraba muy necesaria en aquellas circunstancias”. En el consejo de ministros celebrado al día siguiente, Largo Caballero planteó la necesidad de abandonar la capital. Los ministros anarquistas y comunistas se opusieron inicialmente, convenciéndoles Largo Caballero del grave riesgo que corrían todos ellos de caer en poder del enemigo, cuya entrada en Madrid, dentro y fuera de España, se daba por descontada. Solidaridad Obrera, órgano de la CNT, se ajustó al argumento inicial: desde Valencia, el Gobierno podría dirigir la lucha con mayor libertad.
 
Cuando el 6 de noviembre acamparon a las afueras de la ciudad las tropas de los rebeldes -formadas por las unidades de choque mercenarias de la Legión y los Regulares marroquíes-, apoyadas por la aviación italiana y las primeras unidades alemanas de la Legión Cóndor, nadie apostaba porque la resistencia funcionara. Aquel mismo día el gobierno abandonaba Madrid y se instalaba en Valencia, dejando al general Miaja la defensa y el encargo de formar una junta con delegados de partidos y sindicatos. La marcha fue tan acelerada que se colocaron en sobres equivocados las instrucciones dirigidas a los generales Pozas y Miaja, que quedaban a cargo de la situación. “Se produce entonces un doble hecho, la reacción popular de defensa y la reacción militar de organización”.[9]
 
Junta de Defensa Madrid
 
 
Las órdenes fueron que Pozas, jefe del Ejército del Centro, situara su cuartel general en Tarancón, y Miaja, jefe de la guarnición de Madrid, resistiera en la ciudad auxiliado por una Junta de Defensa, y, en último extremo, se replegara a Cuenca. Sin pensarlo más tiempo, Miaja nombró jefe de su Estado Mayor al teniente coronel Vicente Rojo, que pasó la noche en blanco, intentando averiguar con cuántas fuerzas contaban, dónde estaban situadas y dónde debían situarse.[10]
 
Una de las principales preocupaciones del general Miaja fue la fortificación de la capital, tarea en la que ya se encontraban trabajando miles de voluntarios impulsados por el PCE. Tras la constitución de la Junta de Defensa tal tarea pasaría a ser dirigida por una Comisión de Fortificaciones, dependiente de la consejería de Milicias, al mando del coronel de Ingenieros Tomás Ardid Rey, auxiliado por el ingeniero industrial Federico Molero. “Toda la línea del frente acabaría siendo, más que una línea, una zona, una faja de anchura varia, donde trincheras, nidos, refugios y caminos dibujaban en el suelo madrileño casi un verdadero laberinto”.[11] Dentro de la ciudad se alzaría otra línea o segundo cinturón, para que, en el caso de quedar roto el primero, se encontrase el invasor con una segunda obra, infranqueable dentro del dédalo de calles y edificios. Las fortificaciones comenzaban en la barriada de Peña Grande, pasando luego al Asilo de La Paloma, Dehesa de la Villa, canalillo o “acueducto” de Amaniel, y Estadio Metropolitano. Luego la protección continuaba hacia el sur. Tras frenar el primer ataque las obras defensivas continuaron, multiplicándose las líneas protectoras: en enero de 1937 algunos sectores llegaron a contar con una “quinta línea”.
 
El día siete, las tropas franquistas avanzaron decididamente por Carabanchel y Campamento, pero esta vez los milicianos no salieron huyendo; continuaron cavando sus trincheras y construyendo barricadas en las calles de las zonas amenazadas. Tampoco los intentos de penetración por la Casa de Campo tuvieron éxito, logrando aguantar las milicias, al mando de Galán, Barceló y Escobar, la primera embestida. Una inesperada reacción se había producido entre los madrileños.
 
 
A las 7 de la tarde Miaja presidió la constitución de la Junta de Defensa de Madrid, cuyos vocales pertenecían a todos los partidos y sindicatos. Figuraban entre ellos Antonio Mije, vocal de Guerra (PCE); Mariano García, de Información (CNT) y Santiago Carrillo, de Orden Público (JSU).
 
Aquel mismo día, el hallazgo fortuito en un tanque enemigo del plan de ataque de los asaltantes permitió reorganizar todo el dispositivo de defensa, que formaba un arco desde Vallecas, por todo el Sur y Oeste, hasta el Puente de los Franceses. La maniobra de Varela era sencilla y se desdoblaba en dos ataques. El principal estaría a cargo de las columnas de Castejón y Asensio Cabanillas, que partirían de Campamento para penetrar en Madrid por el oeste, a través de la casa de Campo, entre la Ciudad Universitaria y la plaza de España, a fin de romper el frente y ocupar una base de partida para sucesivas penetraciones en la ciudad. En el ataque secundario, las columnas de Barrón y Tella arrancarían de Carabanchel Alto y Villaverde Alto, atacarían y fijarían el frente para cruzar el Manzanares por los puentes de Toledo, Praga y la Princesa. La aviación apoyaría con bombardeos sobre el casco urbano y sus alrededores. Cada columna sería seguida por una compañía de guardias civiles y otra de falangistas, que practicarían las primeras detenciones y asegurarían el territorio. Otras tres columnas militares marcharían en segundo escalón.
 
En la medianoche, Rojo preparaba también su orden. El teniente coronel Barceló debía atacar con su columna de flanco desde las Rozas a la Casa de Campo y, Líster, por Villaverde. Las otras fuerzas debían mantener tenazmente sus posiciones. 
 
Villaverde Bajo
 
Al amanecer del día 8, las fuerza del general Varela y Yagüe se lanzaron al ataque: la columna de Asensio por la Casa de Campo, así como la de Castejón y la de Delgado Serrano, mientras que Tella y Barrón presionaban, como movimiento de diversión, en dirección a los puentes de Toledo y Segovia. Las fuerzas mandadas por Galán y Barceló contraatacaban desde Húmera a la Casa de Campo; los asaltantes avanzaban con demasiada lentitud hacia el lago de la Casa de Campo, mientras que en la carretera de Extremadura eran detenidos por las fuerzas de Escobar. El bombardeo aéreo de la capital continuaba sin cesar, pero los objetivos de Varela habían fracasado: lo único que consiguieron sus columnas fue penetrar débilmente en la Casa de Campo.
 
Ante la desesperada situación, aquel mismo día Rojo pidió a Pozas las Brigadas Internacionales porque carecía de tropas de choque. “La cuestión se retrasó porque dependía de Largo Caballero. Cuando finalmente llegó la orden, aunque miles de voluntarios se preparaban en la base de Albacete, sólo estaban organizados los batallones Edgar André, Commune de París y Dombrowki”.[12] Con ellos se formó la XI Brigada Internacional, al mando de Lazar Stern <General Kleber>, con el comisario De Vittorio <Nicoletti>, que partió en tren hacia Madrid. Llegaron el 10 por la mañana, desfilaron por la Gran Vía y marcharon inmediatamente a las trincheras de primera línea. “No sumaban ni 2.000 hombres, sin embargo produjeron en los madrileños la sensación de que no luchaban solos y ofrecieron el ejemplo de una fuerza de izquierdas bien organizada militarmente”.[13] Este día, las columnas de Galán y Enciso, más los batallones internacionales contraatacaban en la Casa de Campo, y Líster en Villaverde.

Las Brigadas Internacionales en la Casa de Campo
 
 
Desde el día 10, la batalla se centró varios días en la posesión del cerro Garabitas, una loma que dominaba la llanura y era un observatorio y posición artillera privilegiados. Tras sangrientos combates fue conquistado por los regulares. “Progresivamente entraron en línea las columnas republicanas de Sabio, Arellano, Martínez de Aragón, Cipriano Mera, Perea y Cavada, mientras el comandante Zamarro coordinaba la artillería”.[15]
 
Con el objetivo de desmoralizar a la población, a partir del día 11 Franco contuvo los ataques e insistió en los bombardeos aéreos.[16] La artillería se instaló en Garabitas, uniéndose a la acción demoledora, “con la orden expresa de no bombardear el barrio de Salamanca, cuya población se suponía de derechas”.[17]
 
El 13 de noviembre llegó a Madrid la columna Durruti, con 3.000 anarcosindicalistas procedentes del frente de Aragón. El 15 de noviembre los sublevados se lanzaron a una nueva ofensiva, utilizando tropas frescas sacadas del frente del Guadarrama. Concentraron su fuerza en la Casa de Campo con el propósito de forzar el Manzanares y ocupar el barrio de Argüelles. El ataque fue rechazado tres veces consecutivas por las fuerzas populares, mientras otras unidades leales contraatacaban en dirección al Cerro Garabitas y al Hipódromo de la Casa de Campo. Al finalizar la jornada, los Regulares, apoyadas por 20 carros de combate y 12 bombarderos, atacaron en la zona del puente de los Franceses. Los republicanos lograron contenerlos; sin embargo, una unidad marroquí pasó a la otra orilla por fuera del puente y atacó donde estaba la columna Durruti, que retrocedió.
 
Al anochecer la columna anarquista y los internacionales atacaron varios edificios en la Ciudad Universitaria. “Ésta se encontraba repartida entre los dos bandos, que luchaban disputándose los edificios”.[18] Coordinadas por el coronel Alzugaray, algunas columnas republicanas estaban mandadas por militares profesionales y otras por mandos de milicias.
 
El 17 de noviembre, la infantería rebelde fracasó en un asalto decisivo apoyándose en la pequeña posición lograda en la Casa de Campo, al otro lado del Manzanares; en la Ciudad Universitaria no lograron sobrepasar el Hospital Clínico. Al día siguiente, entró en fuego la XII Brigada Internacional, quedando las dos brigadas del frente de Madrid a las órdenes de Kleber, haciéndose cargo de la XI Brigada Hans Kahle. El asalto a Madrid se convertía en una batalla de desgaste.[19]
 
El 20 de noviembre de 1936 caía mortalmente herido Durruti, cuando trataba de reagrupar su unidad, que se había retirado del frente en su ausencia. Cuando se dirigía al combate, ordenando a sus hombres que le siguieran, recibió un disparo. Trasladado a un hospital, fallecería al poco de ingresar. Mucho se ha escrito sobre el origen del disparo, permaneciendo éste en la penumbra a día de hoy. Tras la muerte de Durruti su unidad fue retirada del frente, combatiendo con gran heroísmo pocas semanas más tarde en la batalla de la carretera de la Coruña.

Entierro de Durruti
 
El 23 de noviembre, Franco ordenó suspender los asaltos. Al día siguiente, los republicanos atacaron en Pinto sin que sus enemigos contraatacaran. Por primera vez, desde que salieron de Sevilla, las tropas de África habían fallado ante un objetivo. Incluso su posición en la Casa de Campo era muy difícil. Cuando intentaron una rectificación del frente, el fuego republicano les obligó a regresar a sus trincheras.
 
El 29 de noviembre, los sublevados intentaron una segunda fase de ataques que perduró hasta los primeros días de diciembre. Fue un forcejeo muy sangriento, donde quedaron atascados ante el fuego que recibían de las fortificaciones y las ventanas de los edificios. Los soldados de Marruecos, acostumbrados a combatir en campo abierto, perdían su ventaja ante las fortificaciones.
 
Fracasado el ataque frontal a Madrid, la estrategia militar de Franco se centró en el intento de rendirla, aislándola del resto del territorio republicano. Y ello dio lugar a grandes batallas de envolvimiento que alcanzaron hasta el mes de marzo de 1937. La primera se produjo en torno a Boadilla, Villanueva de la Cañada, Villaviciosa de Odón, con el objetivo de cortar la carretera general de La Coruña. El 6 de enero de 1937 los atacantes consiguieron ese objetivo a unos trece kilómetros de Madrid, cayendo Pozuelo y Húmera y después Aravaca. La batalla acabó con un desgaste terrible de ambos contendientes, con miles de bajas. La carretera quedó cortada pero las comunicaciones con la sierra quedaban aseguradas por muchas rutas secundarias.
 
La segunda fue la llamada batalla del Jarama que puede considerarse como la primera gran batalla moderna de la guerra y la más internacional por el número e índole de los combatientes, la presencia de extranjeros y la cantidad y modernidad del armamento, incluida la aviación. El objetivo ahora de las fuerzas sublevadas atacantes fue el corte de las comunicaciones de Madrid con Valencia. La batalla comenzó el 4 de febrero y aunque los sublevados consiguieron cruzar el Jarama no alcanzaron lo que era su objetivo final.
 
Batalla del Jarama
 
El tercer intento fue el que adquirió más renombre de los tres debido a la derrota sufrida por las fuerzas italianas que ayudaban a Franco: el Corpo di Truppe Volotarie (CTV). El 8 de marzo de 1937, las fuerzas italianas –unos 60.000 hombres- al mando del general Roatta se lanzaron sobre las posiciones republicanas al norte de Guadalajara, con el propósito de romper el frente y llegar hasta Madrid. Las fuerzas gubernamentales, con las XI y XII Brigadas Internacionales y buen apoyo de la aviación y de carros, reaccionó haciéndoles frente entre Brihuega y Torija. “Los días 13 y 14 los italianos se entregaban en masa, y en los días posteriores muchos huyeron abandonando armas y pertrechos”. El 21 terminaba la batalla de Guadalajara, el último gran intento de los sublevados sobre Madrid.[20]  


ANEXO 1 

Las fortificaciones de Madrid el 22 de noviembre de 1936

Comisión de Fortificaciones de la Comisaría de Guerra de la Junta de Defensa de Madrid titulado

“Descripción general de la obra de fortificación en el frente Oeste de Madrid el día veintidós de noviembre de 1936.
 
Se va describir el frente Oeste de Madrid en su línea defensiva, es decir, en la formada en la margen izquierda del río Manzanares y sus puntos de apoyo y defensas especiales de puntos singulares.
 
Se inicia en un sistema de trincheras en la parte de Peña Grande, batiendo la cañada por donde va la línea de tranvía: estas trincheras se completarán con un aspillerado de muro de cerramiento del Asilo, con sus puestos avanzados correspondientes. El bosque alto de la Dehesa de la Villa se ha alambrado, estableciendo en su interior pequeñas trincheras, que baten los posibles accesos a esta alambrada periférica. Las dos cañadas cortafuegos a izquierda y derecha de la carretera que baja de Puerta de Hierro se han cortado con defensas antitanques completas, incluso trincheras flanqueándolas. Esta alambrada se va a unir con el canalillo, que se ha reforzado poniéndole alguna trinchera avanzada en los puntos en que el mismo no puede utilizarse como tal. El canalillo tiene alambrada propia en sus dos márgenes. Se enlaza con una trinchera con refugios y caminos de evacuación y municionamiento que contornea la meseta en que está construido el Colegio de Huérfanos de los Ferroviarios. Esta trinchera tiene como defensa previa las dos alambradas que limitan el canalillo y éste. La meseta en que está la Quinta de los Pinos también está atrincherada y los dos flancos de la vaguada que conduce al acueducto de Amaniel, del Canal de Lozoya. El edificio muy importante, cuyo nombre se desconoce, que está ante esta meseta de la Quinta de los Pinos se ha unido con una trinchera hasta enfrente del cerramiento del Estadio Metropolitano; todos los cerramientos de las fincas a retaguardia de esta trinchera se han aspillerado y completado con trozos de trinchera. Todas las calles a retaguardia de esta zona están cerradas con parapetos.
 
El cerramiento que va de Norte a Sur desde el Estadio a lo largo de la Colonia Metropolitana y calle de Ataúlfo hasta el Hospital Clínico ha sido reforzado, colocándole a vanguardia trincheras en los sitios oportunos. Se ha coronado de sacos y se han construido traveses para evitar el fuego de enfilada en su mayor parte. En calles a retaguardia del Estadio hay parapetos, así como en la Avenida de Pablo Iglesias. En algunos puntos de la Colonia Metropolitana hay puestos con parapetos de sacos para armas automáticas.
 
En ésta, pudiéramos llamar segunda línea, se ha hecho una trinchera a lo largo de la calle de Guzmán el Bueno hasta el cuartel de la G.N.R. Desde éste hasta un importante edificio en construcción, que constituye un punto fuerte en esta línea, ya que tiene robustos muros y evacuación asegurada, y desde aquí hasta la rotonda W. del cementerio de San Martín. Delante de éstos está el canalillo, cuya parte se ha hecho desecar para que pueda ser utilizado como trinchera, con fácil circulación por detrás de su terraplén.
 
Desde enfrente del Hospital Clínico hasta la plaza de la Moncloa, por las calles de Ataúlfo e Isaac Peral, hay un sistema de trincheras, no perfeccionadas y unos parapetos, de los cuales el más importante es el de la calle Cea Bermúdez. En esta zona está menos fuerte la línea de protección, por haber tenido que trabajar casi constantemente bajo el fuego enemigo, lo que imposibilita prácticamente la labor de obreros corrientes. En la Plaza de la Moncloa está cerrado el acceso desde la Ciudad Universitaria mediante dos parapetos y un sistema de fogatas en tubos.
 
A lo largo de la calle de Moret hay una trinchera elemental, que baja hasta el Paseo de Rosales, continuando a lo largo de su borde Oeste hasta la meseta del Cuartel de la Montaña.
 
La margen izquierda del río a lo largo del Paseo de la Florida se halla atrincherada, con refuerzo importante en San Antonio de la Florida, cabeza del puente de Galicia. El muro de contención de la Estación del Norte se ha puesto en condiciones de ser utilizado como parapeto.
 
La meseta del Cuartel de la Montaña está defendida por trincheras al Oeste, que se completan por puestos para armas automáticas en la ladera, batiendo bocacalles que desembocan al Paseo de San Vicente. En muchas de estas calles, así como en el mismo Paseo, hay importantes parapetos.
 
A lo largo del paseo de la Virgen del Puerto hay trinchera elemental, como segunda línea del parapeto de la margen del río. Puente volado. Continúa esta defensa inmediata de la margen del río hasta debajo de la estación del Paseo Imperial. En esta zona muchos parapetos, que se están reforzando y articulando y que son utilizables ya. También está fortificada la parte alta de la Estación Imperial por el paseo del mismo nombre, así como la calle de Alejandro Dumas, dominando la parte de orilla del río aguas arribas del puente de Toledo.
 
La Glorieta del Puente de Toledo está fuertemente parapetada, más las defensas especiales del Puente. Desde éste sigue el parapeto de margen del río. Paralelo a éste una trinchera por el paseo de las Yeserías, y aún a retaguardia de ésta una defensa a lo largo del muro de la estación de Peñuelas. Detrás de esta zona muchos parapetos y barricadas en calles.
 
Desde la Glorieta de Pardo Bazán la primera línea la constituye el parapeto de margen del río. La segunda, el aspillerado del fuerte muro del Matadero. Este edificio en sí constituye una fortaleza, habiéndose completado sus condiciones defensivas, asegurando la circulación en él y preparando convenientemente sus muros.
 
El Paseo de la Chopera, posterior al matadero, está fortificado con parapetos en sus calles afluentes y aspillerado de algunas casas. El Puente de Andalucía está protegido con barricadas, así como la Plaza de Legazpi a retaguardia de éstas. Desde el Puente de Andalucía sigue la trinchera del margen del río, con caminos de evacuación, y su retaguardia está reforzada con otra línea que va a buscar el terraplén del ferrocarril. El muro del F.C. en Cerro Negro también se ha puesto en condiciones de utilización y se ha iniciado la construcción de trincheras en esta parte.
 
Toda la línea de atrincheramiento descrita está prácticamente terminada, restando sólo un perfeccionamiento, completar refugios, caminos de evacuación, etc. A retaguardia de toda esta línea hay abundantísimas y fuertes barricadas, que se están también perfeccionando y enlazando entre sí.
 
En los accesos a la ciudad se han previsto defensas antitanques y fogatas, así como la organización de minas oportunas. Todo esto está realizado. Como vanguardia de esta línea defensiva se puede considerar el conjunto de obras realizado en la margen derecha del río, Barrio de Usera, Carreteras de Carabancheles y Extremadura, Casa de Campo, Fuente de la Teja y Aravaca. Esta fortificación, realizada según las exigencias del mando en cada zona, es muy completa y no se describe aquí por constituir más propiamente una línea de ataque contra el enemigo, ya que no es rígida y se va adaptando a nuestros movimientos”. 
 
Martínez Bande, José Manuel: La lucha en torno a Madrid. Servicio Histórico Militar. Madrid, Editorial San Martín, 1984, pp. 259-262





[1] AROSTEGUI, Julio: Por qué el 18 de julio... Y después. Barcelona, Flor del Viento, 2006, pp. 116-119


[2] Ibídem, p. 120


[3] TUÑÓN DE LARA, Manuel: “Historia...”, 1999, p. 594.


[4] BLANCO RODRÍGUEZ, Juan Andrés: El Quinto Regimiento en la política militar del P.C.E. en la Guerra Civil. Madrid, UNED, 1993, pp. 36-37


[5] TUÑÓN DE LARA, M.: Historia..., 1999, p. 597


[6] TUÑÓN DE LARA, M.: Historia..., 1999, p. 599


[7] El 30 de septiembre, la Gaceta hacía publicó dos decretos en virtud de los cuales pasaban a las Escalas activas del ejército los jefes, oficiales y clases de las milicias y se equiparaban en derechos y deberes las milicias voluntarias con las fuerzas militares permanentes del ejército leal de la nación.
Los jefes designados para mandar las seis primeras brigadas fueron: 1ª Brigada, Enrique Líster, comandante del 5º Regimiento; 2ª Brigada, José Martínez de Aragón, comandante profesional republicano; 3ª Brigada, José María Galán, capitán profesional de carabineros; 4ª Brigada, Arturo Arellano, capitán profesional; 5ª Brigada, Sabio, comandante profesional de Intendencia y 6ª Brigada, Miguel Gallo, capitán profesional de Infantería. IBARRURI, Dolores y otros: Guerra y Revolución en España. Moscú, Editorial Progreso, 1966, tomo II, pp. 123-125. 


[8] El 15 de octubre, Largo Caballero firmó una disposición creando el Comisariado General de Guerra “en compañías, batallones, regimientos y unidades superiores y en cuantos organismos dependientes de Guerra se considere preciso”. Julio Álvarez del Vayo, socialista, fue nombrado Comisario General. Los subcomisarios eran: Antonio Mije, por el Partido Comunista; Crescenciano Bilbao, por el Partido Socialista Obrero Español; A. Gil Roldán, por la C.N.T. y Ángel Pestaña, por el Partido Sindicalista. Ibidem, pp. 125-126.


[9] TUÑÓN DE LARA, M.: Historia..., 1999, p. 601


[10] ROJO, Vicente: Así fue la defensa de Madrid. Madrid, Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006, pp. 22-27


[11] MARTÍNEZ BANDE, José Manuel: La lucha en torno a Madrid. Servicio Histórico Militar, Madrid, Editorial San Martín, 1984, p. 34


[12] CARDONA, Gabriel: Historia militar de una guerra civil. Barcelona, Flor del Viento, 2006, p. 97.


[13] Ibidem, p. 98


[14] Ibidem, p. 98


[15] Ibidem, pp. 98-99


[16] Según el parte de la Jefatura de la Policía Urbana, el 11 de noviembre “un proyectil causó la muerte de una mujer y cuatro heridas” en las proximidades del Asilo de La Paloma. En otro, correspondiente al 17 de enero de 1937 se señala: “Distrito de Universidad. La aviación fascista arrojó cuatro bombas sobre el Colegio de la Paloma, situado en la Dehesa de la Villa, destrozando el pabellón 7º, el lavadero y las oficinas, resultando heridos de gravedad Ciriaco Medina e Hipólito Rojo, guardas del Ayuntamiento. Asimismo resultaron heridas 14 personas más, cuyos nombres se desconocen, más cuatro muertas y dos desaparecidas”. FERNÁNDEZ, J. Ignacio y otros: Ruta...,  2006.


[17] CARDONA, Gabriel: Historia..., 2006, p. 99


[18] CARDONA, G.: Historia..., 2006, p. 100


[19] Ibidem, p. 100


[20] TUÑÓN DE LARA, M.: Historia..., 1999, p. 601

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